¡Para los fríos que se avecinan! [Cuento erótico] por “Gatalina”: Tu tristeza es mi delirio.


Publicado: 11 de Mayo de 2019 | 11:39Am | – Edición Digital: Chileokulto

La encontré sentada en la cama, más hermosa que nunca, toda sublime y sensual, con sus ojos cargados de un gris profundo y desolado. Una paleta de colores nueva para mí.

Fue como estar en coma- Así comienza a relatarme, Catalina, su fugaz y perversa última esperanza amorosa. La escucho atento, mientras juego con la perfecta aureola de su generoso pecho izquierdo, que se empina hacia un techo forrado de espejos que  dibuja un par de cuerpos húmedos después del primer turno sexual.

Sus ojos inmensos se inundan en agua cuando se refiere al tipo, me dice su nombre, pero no es algo que mi memoria selectiva desee retener. No recuerdo haberla visto así de desnuda y desprovista de defensas en ninguna ocasión de nuestros encuentros carnales, funcionales y respetuosos.

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La conozco bien, han pasado ya un buen número de meses desde que la descubrí a un costado del parque aquel, en plena verborrea, exponiendo una revista de la región.

Pensándolo bien, no creo que el concepto “descubrir” pueda utilizarse. A Catalina no se le descubre, ella existe de forma abrumadora. Su presencia puede alborotar  rápidamente a cualquier ser común o excepcional y lo único que puede distinguirte de esa mayoría, es bancarte su esencia entre salvaje y sofisticada, su retórica entre cursi y violentamente vulgar en lo descarnado, sus movimientos gatunos, su líbido desvergonzado, que sin muchos adornos te invita a desear yacer ahí dentro, todas las veces que te sean posibles. Es armarse de valor, abandonar los complejos de macho alpha o cagarte de miedo, escaparte y quedarte de por vida con la tortuosa pregunta del ¿cómo hubiese sido?. Como la mayoría de nosotros lo hace, cuando encontramos una mujer de carácter, irreverentemente libre.

Me lo cuenta todo. De cómo  intentó hacerlo cambiar de idea cuando el muy boludo le dijo sentirse “ignorante”, “culpable”, “un pelagato” ante ella… Y  de como ella tras decirle lo mucho que significaba para su vida, no una, sino muchas veces, se había dado por vencida para remitirse en un segundo a desaparecer, no sin antes sentirse atravesada por una daga interna, cual harakiri, que la mantuvo herida, en silencio y alejada de nuestros encuentros, al menos un mes…

Durante todo ese tiempo, pensé que la había perdido. Me sentí ruin al reconocer en mi mente lo afortunado que era de que esa relación no hubiese resultado, agradecí de buena gana que el tipo fuera un completo imbécil, y sí, le di la razón en sentirse así de pequeño ante ella.  Su sufrimiento fue sinónimo de mi propia complacencia, pero así mismo me auto convencí de ser su mejor opción, un hombre incapaz de dañarla, porque jamás generaría en ella un atisbo de amor.

Catalina, desliza sus piernas fuertes y suaves por las mías, peludas. Me mira de frente, un par de sobrias lágrimas le recorren el rostro, al terminar su historia, mientras  con una de sus manos suaves me toma el miembro relajado y comienza a pajearme, dibujándome el glande con uno de sus dedos. Le bastan unas pocas frotaciones más para erguirlo y sin mucho más  preámbulo pasea sus labios por mi torso hasta quedar a la altura necesaria para empezar a devorármelo.

Esta vez su hambre es distinta, no es calculada, entre lamida y lamida, sus succiones se hacen cada vez más exigentes, dejo que me consuma todo lo que desee. Escucho mis jadeos, y observo sus largas pestañas mecerse al ritmo de sus chupadas, se eleva encima de mí, me traga entero, baila con sus caderas, jadea, la agarro con más fuerza, atraigo sus pechos hacia mi boca, los beso, los muerdo, la hago moverse más rápido, cada vez más profundo y fuerte, quiero exorcizarle el recuerdo del otro, de otra voz masculina, de otro miembro, la quiero blasfema y perdida, sin tristeza, sin temor a la soledad, mía.

Se corre fuerte y largo, me corro como nunca dentro de ella. Se detiene agotada, la abrazo, la consuelo de ser ella misma, la acaricio, la contemplo preciosa llena de nuevas trizaduras. La dejo casi dormida…Camino un buen rato bajo la fría noche Otoñal acompañado de un cigarro, y un sentimiento me ronda, mezcla de culpa con genuino agradecimiento.

Catalina está de vuelta, más desamparada que nunca, pero es mía.

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